La Iglesia Del Diablo by Hector Castro

La Iglesia Del Diablo

byHector Castro

Paperback | August 27, 2014 | Spanish

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Nuestra Señora de las Rosas anuncia el verdadero Tercer Secreto de Fátima: “Satanás entraría dentro de los rangos más altos de la jerarquía de Roma…”. Con la revelación como punto de partida, se descorre el telón de una conspiración que ha echado raíces en todos los rincones del mundo y en todos los órdenes de la vida. El Diablo cuenta con una legión de ambiciosos hombres y mujeres comprometidos con el mal, y empleará todo su poder para llegar a ser cabeza de la Iglesia y destruir sus creencias y valores.

En una trama magistral que entreteje  el peregrinaje del legendario Judío Errante a través de la historia y la misión de la Iglesia de exorcizar las almas poseídas por el mal, dos jóvenes protagonistas deben enfrentarse a los planes maléficos de Satanás. Damián Amorth, el exorcista más dotado del Vaticano, y Valeria Angeletti, una reportera argentina, desvelarán finalmente la diabólica conspiración que amenaza al mundo.

La Iglesia del Diablo hace realidad una profecía demasiado tangible para ser ignorada. En un mundo en el que el aliado más fiel puede en realidad ser el enemigo más acérrimo, el bien lucha por rescatar a la humanidad de las garras de Satanás para finalmente imponerse ante el mal, si es que lo consigue…

About The Author

Héctor Manuel Castro estudió derecho y se graduó como abogado en la Universidad Libre de Bogotá. Más tarde emigró a los Estados Unidos por razones socio-políticas. En los inicios de su vida de inmigrante trabajó en un como mesero, ayudante de cocina, lavaplatos, constructor, portero y aseador de oficinas, antes de finalizar su maestría...
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Title:La Iglesia Del DiabloFormat:PaperbackDimensions:272 pages, 8.99 × 5.98 × 0.7 inPublished:August 27, 2014Publisher:Penguin Publishing GroupLanguage:Spanish

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ISBN - 10:0147512026

ISBN - 13:9780147512024

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  ADVERTENCIAAlgunas personas que han leído este manuscrito antes de su publicación experimentaron sucesos paranormales que aún no pueden explicarse. 1JERUSALÉN, AÑO 33 D. C.EL ENORME PESO DEL MADERO QUE LLEVABA ATADO A LA ESPALDA LE CERRABA los ojos. Con cada paso, las lágrimas de impotencia se mezclaban con la sangre en sus mejillas. Cayó al suelo y se rompió una rodilla.Intentó ponerse de pie apoyándose en la sandalia de cuero.—No me toques —ordenó un hombre judío, y enseguida le escupió en la cara.—Dame agua —imploró él con dificultad, mientras volvía a posar su mano herida sobre la elegante sandalia.—Que no me toques —gritó el judío, que traía consigo un cántaro de barro lleno de agua.—Tengo sed. Ayúdame.—¿Y dices que eres el hijo de Dios? —respondió el otro con insolencia—. Si realmente tienes tanto poder, ¿por qué no haces llover y sacias tu sed? Eres un farsante que merece morir. Prefiero dar el agua de mi vasija a los cerdos antes que a un pordiosero como tú. —Delante de todos, levantó el jarrón y arrojó el agua al suelo—. ¿Mucha sed? ¡Anda maldito, sigue caminando!—¡Detente! —suplicó el agonizante, mientras las lágrimas aparecían de nuevo en su rostro—. Hoy podrías ganarte un lugar conmigo en el paraíso... Pero antes de que concluyera su frase, el espectador lo abofeteó rompiéndole la boca.—No mereces compasión ninguna de nuestro pueblo. Jamás iría contigo a ninguna parte. ¡Maldito! Ve y muérete pronto.En ese momento, el agonizante levantó la cara y manifestó con voz dulce:—Me has golpeado, me has negado de beber, me humillas y te burlas de mí sin compasión. Hoy yo me iré de este lugar, pero tú, tú te quedarás para siempre, recorriendo sin descanso la tierra hasta la consumación de los siglos. Tus actos injustos te atormentarán y no tendrás descanso ni tranquilidad hasta que yo regrese.Y con la garganta cuarteada en mil pedazos, prosiguió su peregrinaje hacia el monte Gólgota, donde sería crucificado.En ese momento, el hombre llamado Samuel Belibeth, sintió una llama de fuego que comenzaba a quemarle las entrañas. Con paso veloz se dirigió a su casa y se detuvo frente al lecho, pero el tormento de las llamas invadió de nuevo su cuerpo. Asustado, salió a la calle y comenzó a vagar sin rumbo fijo, sin imaginar que a partir de ese momento se convertiría en un judío errante que no pararía de caminar hasta el final de los tiempos.2INICIACIÓN SATÁNICA MUNDIALLAS PUERTAS DE LOS SALONES HABILITADOS PARA LOS RITUALES SATÁNICOS SE abrieron desde las siete de la noche, horario del este de Estados Unidos. En muchas ciudades del mundo se llevaba a cabo la gran iniciación diabólica, en la que participaban al mismo tiempo miles de personas. El suceso se había concebido con siglos de anterioridad, y ese día el plan de Lucifer daba inicio.Los participantes conocían el compromiso que adquirían esa velada y los beneficios que recibirían, pero también las nefastas consecuencias que sufrirían si quebrantaban el pacto que habían jurado previamente ante el altar del demonio.Faltando cinco minutos para las ocho, las puertas se cerraron por orden del Maestro supremo, que controlaba las sesiones vía satelital, de modo que todas las ciudades participantes vieran su imagen y escucharan su voz en vivo y en directo.En cada lugar del mundo donde se realizaba la iniciación, un grupo de encargados traducía el mensaje del Maestro. Esa noche, el líder dirigía en persona la reunión desde la ciudad de Ámsterdam.A cada asistente que ingresaba a los salones se le entregaba un pequeño almohadón rectangular negro, una vela roja y un antifaz dorado. Entre ellos había individuos de las altas esferas políticas mundiales y profesionales de todas las áreas, incluidos una gran cantidad de religiosos que vestían sus hábitos tradicionales. Nadie estaba obligado a llevar un atuendo determinado, pero se aconsejaba el traje oscuro debido a la importancia del evento.Los recintos estaban diseñados todos de igual manera. En el suelo, había una enorme estrella de cinco puntas, y un pequeño altar cubierto con un mantel negro ocupaba la esquina posterior izquierda al fondo del salón. A un costado había una pantalla gigante, en la que todos verían en los próximos minutos imágenes que jamás olvidarían.En contra de lo que esperaban los presentes, no había sillas en los recintos.Una vez de rodillas sobre los almohadones, empezó la transmisión. Las primeras escenas enseñaron un salón exacto al de los telespectadores. Muchos creyeron que estaban proyectando imágenes de ellos mismos.Luego salió de la nada un hombre con una capa negra brillante y la cara cubierta con una máscara de un dragón. Con un mando electrónico parecido a un teléfono celular, se aproximó al altar y dio la bienvenida en inglés:—Souls of mine from everywhere. Almas mías de todo el mundo —comenzó de manera pausada—. Can everybody hear me? ¿Me pueden escuchar todos?Solo unos pocos conocían el lugar desde donde transmitía aquel individuo.—Hoy cambia la historia de la humanidad —prosiguió—. Estamos aquí reunidos para emprender un proceso de justicia divina. Comenzaremos a exigir lo que nos pertenece por derecho y lo que el cielo nos ha negado durante siglos. A partir de este mismo momento, los declaro mis hijos, y les prometo que cuidaré de todos y cada uno. En recompensa por estar aquí conmigo, no les faltará ni dinero, ni salud, ni lujos, ni inteligencia, ni poder. Yo, Satanás, les doy mi palabra.Nadie esperaba que el mismísimo demonio fuera a hablar en persona con ellos. Muchos habían creído hasta entonces que el diablo era solamente una energía, no una entidad física, tan física y real como ellos mismos.—No teman, hijos míos —prosiguió el demonio, leyéndoles la mente—. Yo estoy aquí para darles lo que merecen. Dios nunca ha estado de su lado, ni lo estará. Ha jugado con ustedes desde el inicio de los tiempos y ha castigado a la humanidad injustamente. Dios es el culpable del sufrimiento y la infelicidad que padecen. Dios permite la muerte de sus seres queridos, la enfermedad y el fracaso. ¿Acaso los ha premiado por el trabajo que hacen cada día? ¿Acaso son felices con Dios?Yo soy el camino hacia la felicidad. Yo no los limitaré, ni les reprocharé sus actos. Siempre los protegeré, sin importar lo que hagan. Por eso, junto a mí, sus vidas serán diferentes, llenas de placeres, de riqueza, de alegría, de gozo, y no de dolores y dificultades. Yo les daré la abundancia que nunca han tenido. Hoy sus nombres han quedado grabados en mi libro, y nadie jamás podrá borrarlos —retomó el demonio, y luego preguntó—: ¿les gusta lo que les propongo?Todos comenzaron a aplaudir en nombre del diablo, encarnado en el hombre detrás de la máscara.—¡Te adoramos! —gritaban algunos a través del radio que el Maestro llevaba en su mano.Satanás prosiguió al cabo de varios minutos de alabanzas y aplausos.—Hoy protejo a todos los presentes en mi nombre y les doy la bienvenida a la nueva vida, a la luz bella. ¿Aceptan?—Sí, aceptamos —dijeron los nuevos hijos de Lucifer.—Mañana mismo recibirán un depósito bancario lo suficientemente apetitoso para sellar nuestro pacto y para que vean que cumplo mis promesas de inmediato, no como él —dijo señalando hacia arriba—, que nunca nos da nada.—Gracias, señor, gracias —gritaban los participantes.—Ahora, escúchenme bien. En este momento recibirán un cofre que deben resguardar con la vida. Dentro de él se halla el símbolo que nos identificará de ahora en adelante. No abran esta caja hasta que yo les indique, y después quemen toda prueba que los comprometa. —El diablo les recordó la nueva vida que comenzaban, se despidió y prometió verlos muy pronto.Las puertas de los salones se abrieron a las nueve de la noche y los participantes salieron llenos de regocijo: sabían a ciencia cierta que su suerte cambiaría drásticamente.3CON UNA COPA DE BRANDY EN LA MANO, EL CARDENAL ITALIANO LUCA DI FILIPPO reposaba tranquilamente en su sillón de cuero negro. Como secretario de Estado, era la segunda persona con más poder en el gobierno del Vaticano después del Papa, máximo jerarca de la Iglesia católica. Su habitación y su despacho estaban ubicados en los primeros pisos del Palacio Apostólico, donde residía el sumo pontífice.La amistad y la confianza del Papa lo convertían en una persona influyente a la hora de tomar decisiones. Meses atrás, Di Filippo había liderado una misión sin precedentes en el norte de África: había construido miles de albergues para dos millones de niños, que jamás volverían a sufrir por falta de alimento ni de un techo donde pasar la noche.El planeta entero se había conmovido y muchos hablaban del amor desinteresado del cardenal y decían que el mundo era un lugar mejor gracias a personas como él.Sin embargo, Di Filippo tenía opiniones marcadamente liberales, y otros lo criticaban porque su ideología espiritual iba en contra de los postulados conservadores de la Iglesia, especialmente los del Opus Dei1.Para el Papa, el cardenal italiano era un estandarte clave de la iglesia del nuevo siglo, y aportaba un aire fresco indispensable para que las nuevas generaciones no perdieran el rumbo. La mayoría lo consideraba un hombre de Dios, con ideas liberales abiertas, y un discurso religioso que rayaba en lo sociopolítico. Por otra parte, lo comparaban con un galán de cine: tenía los ojos verdes, la tez bronceada y la figura atlética. Con su mirada profunda y su sonrisa seductora, llamaba la atención de hombres y mujeres. Su inteligencia intuitiva, su audacia para resolver conflictos internacionales y la enorme fe que predicaba lo convertían en un candidato perfecto para suceder al Papa, que estaba anciano y enfermo, y él lo sabía.Di Filippo se encontraba solo en sus aposentos.Respiró hondo y miró el anillo de oro que le habían entregado hacía dieciséis años cuando lo nombraron cardenal de Italia. Bebió lo que quedaba en su copa y, con una leve sonrisa, se despojó de la prenda y la arrojó en el segundo cajón de su escritorio de pino. Luego sacó del mismo cajón una pequeña caja de madera, la abrió con una llave y extrajo un anillo de plata. El anillo reproducía una cruz cristiana pero en la parte inferior remataba en una especie de círculo.Di Filippo besó la sortija con reverencia, extendió el dedo anular derecho y se la puso. Se dirigió con paso firme hacia la Biblia que reposaba abierta sobre un atril. Con una mirada perversa, cerró bruscamente el libro sagrado y lo lanzó con fuerza por el aire, estrellándolo contra la pared.—Mi tiempo ha llegado —susurró en medio de la noche, con voz grave—. Mi tiempo ha llegado.El acostumbrado silencio nocturno del Vaticano se vio interrumpido por una ráfaga de frío que entró por debajo de cada una de las habitaciones de la ciudad santa, erizando a los seminaristas que rezaban sus oraciones. Una lejana carcajada resonaba como eco en cada pasillo, anunciando la llegada del Príncipe de las Tinieblas.4EN LA OSCURIDAD DE SU PEQUEÑO CUARTO, ANABEL YACÍA INCONSCIENTE SOBRE una cama vieja. Había completado treinta y dos horas poseída por un demonio. Tenía los pies y las manos atados con retazos de tela a los extremos del lecho.Los aguaceros que azotaban el poblado habían cortado la electricidad. Un candelabro iluminaba tenuemente el rostro de Anabel. La escasa luz no facilitaba el trabajo de los dos sacerdotes que intentaban ayudarla. Habían agotado todas las posibilidades para que el espíritu maligno abandonara su cuerpo, pero la fuerza demoníaca era más fuerte que ellos.Anabel tenía diecisiete años, y vivía en un pequeño pueblo al sur de Moscú. Sus ojos azules eran la alegría de la humilde morada donde vivía con su madre desde que su padre las abandonó por otra mujer. De estatura mediana y contextura delgada, la muchacha se destacaba por su simpatía entre los habitantes del pueblo. Cada mañana caminaba más de un kilómetro para llegar a la secundaria donde cursaba el último grado.Dos semanas atrás había comenzado a jugar a la ouija con sus amigas. Se reunían después de las clases en uno de los salones vacíos del edificio para invocar espíritus del más allá. Anabel se divertía con la adrenalina que acompañaba la presencia de los muertos. Pero ahora la diversión se había transformado en una pesadilla.5MIRÓ A LA CANTINERA Y ORDENÓ OTRO WHISKY EN LAS ROCAS, PRENDIÓ UN CIGARRILLO mentolado y observó la pantalla de televisión. Un juego de fútbol acaparaba a los clientes del bar Manuela, ubicado sobre una calle madrileña. Aunque había vivido los últimos años en España, donde el fútbol era el deporte rey, él no era un aficionado, y le importaba poco o nada lo sucedido en el campo de juego.Estaba cansado. La barba de dos días comenzaba a asomarse en su rostro demacrado. Después de varios tragos, resolvió ir a su apartamento a tratar de descansar. El celular que reposaba junto a su vaso comenzó a vibrar, pero el bullicio era demasiado y prefirió ignorarlo.—¿No vas a contestar? —le preguntó una voluptuosa trigueña que fumaba un cigarrillo a su lado.Él sonrió, y negó cortésmente con la cabeza.—Hay demasiado ruido. Imposible hablar con calma —contestó levantando la voz.Ella fingió una sonrisa, y le preguntó sin rodeos si estaba solo.—Me llamo Margaret y mi copa está casi vacía.Sin mediar más palabras, él ordenó otra copa de vino para la mujer y un último whisky para él.Con su piel bronceada y su cabello negro ondulado, Margaret sobresalía entre las otras mujeres sentadas en la barra. El escote dejaba apreciar el notable tamaño de sus pechos. Dos lunares al lado del ojo derecho caracterizaban su fino rostro. Él se fijó en sus labios carnosos y experimentó una sensación indescriptible.—Debo irme —se excusó, mientras luchaba con su yo interior.—Qué lástima, estoy segura de que nos veremos de nuevo —sonrió ella, mientras cruzaba las piernas y se mordía el labio inferior.El hombre renunció a su batalla personal y le susurró desafiando el ruido:—Tengo una buena botella de vino tinto en mi apartamento. Quizás esta sea la mejor oportunidad para descorcharla.Minutos después, la recién conocida pareja abordaba un taxi en las frías calles madrileñas. Mediaba enero y el invierno comenzaba a azotar con tenacidad.La nieve acumulada en las últimas horas no auguraba nada bueno para la suerte del galán.Dentro del automóvil, la lengua de Margaret rozó una oreja de su acompañante, al tiempo que su pie izquierdo subía tentativamente por su pantalón.—Sabes algo, olvidé mis sandalias en el bar.—Pero, ¿cómo? —preguntó él—. ¿Quieres que nos devolvamos a buscarlas?Ella sonrió.—Olvídalo, los zapatos no son una de mis debilidades.—Ya somos dos.Al llegar al edificio, él la cargó en brazos para evitar que pisara la congelada acera.Ya en el apartamento, ella terminó de despojarse de sus pocas inhibiciones, a sabiendas de que aquel hombre le regalaría la mejor noche de su vida. En medio del vino, el placer y el sudor, el pequeño rincón de la ciudad fría se llenó de un fuego intenso, de las llamas de la lujuria desenfrenada y el derroche sexual de dos desconocidos.Los gritos de placer comenzaron a menguar después de una hora de entrega, y los amantes se desplomaron de cansancio sobre las sábanas de seda negras. El sueño los invadió, hasta que el timbre acústico del celular volvió a interrumpir.—Damián Amorth —contestó él casi sonámbulo.Del otro lado de la línea una voz conocida le informó sobre los nuevos acontecimientos.—Damián, hay un tiquete a tu nombre en el aeropuerto de Barajas. Prepara tus cosas porque debes volar a Praga. Tenemos un caso insólito de posesión diabólica.—¿No pueden controlar la situación tus hombres? —él bajó la voz para evitar que la mujer lo escuchara.—Las noticias no son alentadoras. Ayer envié a Los Siete Elegidos, y ni ellos han podido con la fuerza demoníaca. Eres nuestra última carta.Damián pensó en Los Siete Elegidos, los siete cardenales exorcistas más ilustrados y poderosos del Vaticano.—Está bien, llegaré al aeropuerto tan pronto como pueda. ¿Hay algo especial que deba saber...?Notó entonces con asombro que la mujer ya no estaba a su lado.—Ni yo lo sé, hijo mío. Toma las precauciones necesarias. No confíes en nadie. Los dos sabemos que los de abajo quieren tomar venganza por tus actos. Estaré rezando por ti.—No pierdas el tiempo con tus rezos.Colgó, se levantó de su cama y se dirigió hasta el cuarto del baño buscando a su amante. No estaba. “¡Mierda, me robó!”, pensó, y se abalanzó sobre su pantalón para constatar que no se había llevado su cartera. Luego caminó hasta la puerta principal y observó con desconcierto que estaba cerrada por dentro. Se asomó a su ventana en el piso veintitrés y miró hacia abajo. Era imposible que hubiese saltado.Después de mirar debajo de la cama, una oleada de confusión se apoderó de él.Contempló las dos copas de vino a medio terminar en la mesa de noche.Encendió todas las luces y se dio una ducha caliente. Luego empacó el maletín y salió rumbo al aeropuerto, sin saber que hacía menos de una hora, entre las sábanas, había abierto de par en par las puertas del infierno.6CON LAS MANOS ENTRELAZADAS, LOS SIETE ELEGIDOS LUCHABAN CONTRA EL ESPÍRITU que poseía el cuerpo de Boris, un anciano cubano que vivía en un pueblo al norte de Praga, la capital de la República Checa.El viejo había vivido allí casi toda su vida, desde que sus padres inmigraron de La Habana. Era conocido en la región como “Carodejník”, “El Brujo”, porque practicaba la santería. Era moreno, de gran estatura y contextura delgada. Tenía un bigote poblado y barba puntiaguda. Pese a su edad, su rostro carecía de arrugas, y la abundante cabellera blanca relucía como sus ojos negros llenos de secretos. En ocasiones se lo veía a altas horas de la noche caminando por la calle y rodeado de gatos negros que maullaban sin parar.•   •   •Muchos vecinos le tenían miedo y preferían no relacionarse con él. Vivía solo en la antigua casona que sus padres le dejaron en herencia. Nadie sabía en qué trabajaba, o cómo subsistía, y en el pueblo se rumoreaba que tenía un pacto con el diablo.Un domingo por la mañana, los huesos de un gato amanecieron colgados en la puerta de la iglesia. Los feligreses acusaron a Boris de hacer maleficios contra Dios. El pueblo entero se volcó a las calles, y minutos después, armados con palos y cuchillos, se dirigían a la casa del Brujo junto al alcalde y el único sacerdote del lugar.Nadie sospechaba lo que sucedía al otro lado de la puerta.7ALREDEDOR DE TODO EL MUNDO, UN NÚMERO SECRETO DE ELEGIDOS RECIBIÓ simultáneamente el mensaje que cambiaría el rumbo de la humanidad. La orden enviada en varios idiomas era clara y precisa:Luz verde para escribir nuestro testamento satánico. Un solo símbolo reinará en la tierra. Es hora de llevarlo puesto y usurpar el poder. Nuestro tiempo ha llegado. D.F. 0369Los destinatarios conocían de antemano las normas a seguir. Quienes habían recibido el mensaje por fax lo quemaron al instante, y los que se enteraron por correo electrónico borraron de inmediato la misiva, para no dejar rastro alguno. En todas partes, los sirvientes del demonio se dirigieron a sus casas dispuestos a iniciar el plan demoniaco.Cada uno sacó la pequeña caja de madera que había recibido durante la iniciación. El diminuto baúl estaba cerrado con un candado numérico de cuatro dígitos: era el código recibido en el mensaje. Cada uno lo abrió y elevó una oración a Satanás, para que este les otorgara el destino que merecían. Dentro de la caja se hallaba el símbolo que llevarían encima a partir de ahora. Una cruz que terminaba en semicírculo, grabada en tres formatos diferentes: anillos, medallas y sellos.Quienes encontraran el anillo serían llamados “Mensajeros” y de ellos dependería que la información proporcionada por el Príncipe de las Tinieblas llegara a su destino con absoluta reserva. Serían el puente de comunicación entre los mandos superiores y el resto de la organización.Quienes hallaran las medallas se denominarían “Ejecutores”, y su misión consistiría en llevar a cabo el plan principal: apropiarse de las almas terrenales.El cardenal Di Filippo habia escogido a sus Ejecutores con sumo cuidado, teniendo en cuenta la influencia que ejercían sobre las masas. Se trataba de persuadir a la gente de la importancia de poseer dinero y poder, a cambio de renunciar a su libre albedrío.Por último, estaban los destinatarios de los sellos, o “Maestros”, que liderarían el plan demoníaco. Solo 144 personas habían recibido esta distinción a lo largo y ancho del planeta. Todos se destacaban por su inteligencia, poder y ambición.Dentro del selecto grupo figuraba la madre superiora Laura Pierr, una monja carmelita de la ciudad de Lyon, en Francia. Llevaba más de cincuenta años en el convento y superaba los setenta, pero conservaba la fortaleza para dirigir uno de los colegios católicos más importantes del país. Con un metro cincuenta de estatura y la cara más arrugada de los conventos franceses, era conocida como la madre “Matusalén” y considerada una de las religiosas más cercanas al Vaticano, especialmente al Papa y a su secretario de Estado. Viajaba a Roma con frecuencia a reunirse con los líderes de la Iglesia, y ahora esa lealtad y sumisión al cardenal Di Filippo comenzaba a dar frutos.—Seré una Maestra —sonrió.Las lágrimas se deslizaron por su cara. Jamás había sentido tanta felicidad: ni siquiera cuando perdió la virginidad en uno de los cuartos del Vaticano con su mentor, Di Filippo, treinta y tres años antes. Ahora debía seguir cuidadosamente las instrucciones que se encontraban en el mensaje y llevar a cabo la parte dolorosa de su iniciación.Los Maestros recibieron además una dirección electrónica donde estaban los datos personales de todos los Mensajeros y Ejecutores del planeta, para que planearan a la perfección las estrategias para apoderarse de las almas humanas.La madre Pierr caminó hacia la puerta principal y verificó que el seguro estuviera puesto. Luego se miró en el espejo y se despojó del velo azul oscuro que llevaba sobre la cabeza. El cabello canoso y abundante cayó sobre sus hombros huesudos. Con regocijo, se dirigió a la cocina, llevando en la mano izquierda el símbolo que representaba su futuro como si se tratara del objeto más preciado.Se detuvo frente a la pequeña estufa de gas que había sobre la vieja mesa de madera, abrió su mano artrítica y contempló con emoción el sello que en un momento se fundiría con su cuerpo, convirtiéndola en la persona más poderosa de la Iglesia francesa.—Gracias te doy, mi señor. Y con este sacrificio, te prometo que seguiré siendo tu discípula más comprometida y no descansaré hasta que la humanidad esté en tus manos.Sin dudarlo, encendió la única hornilla que funcionaba. Cuando la llama se puso azul, posó el sello sobre el fuego y lo dejó calentar por un largo rato.Se despojó entonces de los botones superiores del hábito. Se desabrochó con agilidad el brasier blanco y lo arrojó al suelo. Sus pechos desnudos colgaban flácidamente sobre su estómago arrugado.Empezó a hiperventirlar. Sacó el sello del fuego y se lo apretó contra el seno izquierdo. Un grito agudo brotó desde lo más profundo de su alma y cayó desmayada en el suelo de baldosas amarillas.El olor a carne quemada se fundió con el humo grisáceo que invadió la cocina.Veinte minutos después, la nueva Maestra se reincorporó y, con el pecho aún desnudo, se dirigió al baño.Agarrándose de las paredes logró llegar hasta un espejo grande donde observó su nueva imagen: la de la religiosa más importante en Francia. Una sonrisa le inundó el rostro.Sin perder tiempo, se dirigió a su cuarto, prendió el computador y abrió una base de datos con la información de sus colaboradores.Tras planear su primer movimiento, descolgó el teléfono y emitió su orden inaugural:

Editorial Reviews

“La Iglesia del Diablo entrelaza historias apasionantes… Por momentos recé con mucho temor mi mantra ‘Dios es amor, hágase el milagro’. Pero seguí devorando la novela... una aventura fascinante, que sin duda terminará en la pantalla grande”.—Ismael Cala, productor y presentador de CNN en Español y autor inspiracional“La lectura de La Iglesia del Diablo genera una adicción irremediable.”—José Ignacio Valenzuela, Chascas“Una aventura fascinante,  acerca de las decisiones que enfrentamos en la vida.”—Ismael Cala