La Suma De Los Días: Spanish-language Edition Of The Sum Of Our Days by Isabel AllendeLa Suma De Los Días: Spanish-language Edition Of The Sum Of Our Days by Isabel Allende

La Suma De Los Días: Spanish-language Edition Of The Sum Of Our Days

byIsabel Allende

Paperback | July 11, 2017 | Spanish

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En La suma de los días, Isabel Allende narra con franqueza la historia de su vida y la de su peculiar familia en California, en una casa abierta, llena de gente y de personajes literarios, y protegida por un espíritu; hijas perdidas, nietos y libros que nacen, éxitos y dolores, un viaje al mundo de las adicciones y otros a lugares remotos del mundo en busca de inspiración, junto a divorcios, encuentros, amores, separaciones, crisis de pareja y reconciliaciones.
También es una historia de amor entre un hombre y una mujer maduros, que han salvado muchos escollos sin perder ni la pasión ni el humor, y de una familia moderna, desgarrada por conflictos y unida, a pesar de todo, por el cariño y la decisión de salir adelante.
Isabel Allende nació en Perú donde su padre era diplomático chileno. Vivió en Chile entre 1945 y 1975, con largas temporadas de residencia en otros lugares, en Venezuela hasta 1988 y, a partir de entonces, en California. Inició su carrera literaria en el periodismo en Chile y en Venezuela. Su primera novela, La casa de los espíritus, s...
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Title:La Suma De Los Días: Spanish-language Edition Of The Sum Of Our DaysFormat:PaperbackDimensions:368 pages, 8 × 5.3 × 0.8 inPublished:July 11, 2017Publisher:Knopf Doubleday Publishing GroupLanguage:Spanish

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ISBN - 10:0525433619

ISBN - 13:9780525433613

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LA MUSA CAPRICHOSA DEL AMANECER  No falta drama en mi vida, me sobra material de circo para escribir, pero de todos modos llego ansiosa al 7 de enero. Anoche no pude dormir, nos golpeó la tormenta, el viento rugía entre los robles y vapuleaba las ventanas de la casa, culminación del diluvio bíblico de las recientes semanas. Algunos barrios del condado se inundaron, los bomberos no dieron abasto para responder a tan soberano desastre y los vecinos salieron a la calle, sumergidos hasta la cintura, para salvar lo que se pudiera del torrente. Los muebles navegaban por las ave- nidas principales y algunas mascotas ofuscadas esperaban a sus amos sobre los techos de los coches hundidos, mientras los reporteros cap- taban desde los helicópteros las escenas de este invierno de California, que parecía huracán en Louisiana. En algunos barrios no se pudo circular durante un par de días, y cuando por fin escampó y se vio la magnitud del estropicio, trajeron cuadrillas de inmigrantes latinos que se dieron a la tarea de extraer el agua con bombas y los escombros a mano. Nuestra casa, encaramada en una colina, recibe de frente el azote del viento, que doblega las palmeras y a veces arranca de cuajo los árboles más orgullosos, aquellos que no inclinan la cerviz, pero se libra de las inundaciones. A veces, en la cúspide del vendaval, se levantan olas caprichosas que anegan el único camino de acceso; entonces, atrapados, observamos desde arriba el espectáculo inusi- tado de la bahía enfurecida. Me gusta el recogimiento obligado del invierno. Vivo en el con- dado de Marin, al norte de San Francisco, a veinte minutos del puente del Golden Gate, entre cerros dorados en verano y color esmeralda en invierno, en la orilla oeste de la inmensa bahía. En un día claro podemos ver a lo lejos otros dos puentes, el perfil difuso de los puertos de Oakland y San Francisco, los pesados barcos de carga, cientos de botes de vela y las gaviotas, como blancos pañuelos. En mayo apa- recen algunos valientes colgados de cometas multicolores, que se deslizan veloces sobre el agua, alterando la quietud de los abuelos asiáticos que pasan las tardes pescando en las rocas. Desde el océa- no Pacífico no se ve el angosto acceso a la bahía, que amanece en- vuelto en bruma, y los marineros de antaño pasaban de largo sin ima- ginar el esplendor oculto un poco más adentro. Ahora esa entrada está coronada por el esbelto puente del Golden Gate, con sus soberbias torres rojas. Agua, cielo, cerros y bosque; ése es mi paisaje. No fue la ventolera del fin del mundo ni la metralla del granizo en las tejas lo que me desveló anoche, sino la ansiedad de que ine- vitablemente amanecería el 8 de enero. Desde hace veinticinco años, siempre empiezo a escribir en esta fecha, más por superstición que por disciplina: temo que si empiezo otro día, el libro será un fraca- so, y que si dejo pasar un 8 de enero sin escribir, ya no podré hacer- lo en el resto del año. Enero llega después de unos meses sin escri- bir en los que he vivido volcada hacia fuera, en la bullaranga del mundo, viajando, promoviendo libros, dando conferencias, rodeada de gente, hablando demasiado. Ruido y más ruido. Temo más que nada haberme vuelto sorda, no poder oír el silencio. Sin silencio estoy frita. Me levanté varias veces a dar vueltas por los cuartos con diver- sos pretextos, arropada en el viejo chaleco de cachemira de Willie, que he usado tanto que ya es mi segunda piel, y sucesivas tazas de chocolate caliente en las manos, dando vueltas y más vueltas en la cabeza a lo que iba a escribir dentro de unas horas, hasta que el frío me obligaba a regresar a la cama, donde Willie, bendito sea, ronca- ba. Atracada a su espalda desnuda, escondía los pies helados entre sus piernas, largas y firmes, aspirando su sorprendente olor a hombre  joven, que no ha variado con el paso de los años. Nunca se despier- ta cuando me aprieto contra él, sólo cuando me despego; está acos- tumbrado a mi cuerpo, mi insomnio y mis pesadillas. Por mucho que me pasee de noche, tampoco se despierta Olivia, que duerme en un banco a los pies de la cama. Nada altera el sueño de esta perra ton- ta, ni los roedores que a veces salen de sus guaridas, ni el tufo de los zorrillos cuando hacen el amor, ni las ánimas que susurran en la os- curidad. Si un demente armado con un hacha nos asaltara, ella sería la última en enterarse. Cuando llegó era una miserable bestia reco- gida por la Sociedad Humanitaria en un basural con una pata y va- rias costillas quebradas. Durante un mes permaneció escondida en- tre mis zapatos en el clóset, tiritando, pero poco a poco se repuso de los maltratos anteriores y emergió con las orejas gachas y la cola humillada. Entonces vimos que no servía de guardián: tiene el sue- ño pesado. Por fin aflojó la ira de la tormenta y con la primera luz en la ven- tana me duché y me vestí, mientras Willie, envuelto en su bata de jeque trasnochado, iba a la cocina. El olor del café recién molido me llegó como una caricia: aromaterapia. Estas rutinas de cada día nos unen más que los alborotos de la pasión; cuando estamos separados es esta danza discreta lo que más falta nos hace. Necesitamos sen- tir al otro presente en ese espacio intangible que es sólo nuestro. Un frío amanecer, café con tostadas, tiempo para escribir, una perra que mueve la cola y mi amante; la vida no puede ser mejor. Después Willie me dio un abrazo de despedida, porque yo partía para un viaje lar- go. «Buena suerte», susurró, como hace cada año en este día, y me fui con abrigo y paraguas, bajé seis escalones, pasé bordeando la piscina, crucé diecisiete metros de jardín y llegué a la casita donde escribo, mi cuchitril. Y aquí estoy ahora. Apenas había encendido una vela, que siempre me alumbra en la escritura, cuando Carmen Balcells, mi agente, me llamó desde Santa Fe de Segarra, el pueblito de cabras locas, cerca de Barcelona, donde  nació. Allí pretende pasar sus años maduros en paz, pero, como le sobra energía, se está comprando el pueblo casa a casa. —Léeme la primera frase —me exigió esta madraza. Le expliqué una vez más la diferencia de nueve horas entre Ca- lifornia y España. De primera frase, nada todavía. —Escribe unas memorias, Isabel. —Ya las escribí, ¿no te acuerdas? —Eso fue hace trece años. —A mi familia no le gusta verse expuesta, Carmen. —Tú no te preocupes de nada. Mándame una carta de unas dos- cientas o trescientas páginas y yo me encargo de lo demás. Si hay que escoger entre contar una historia y ofender a los parientes, cualquier escritor profesional escoge lo primero. —¿Estás segura? —Completamente.