Más allá de la vida (There's More to Life Than This): Mensajes sanadores e historias asombrosas desde el otro lado by Theresa CaputoMás allá de la vida (There's More to Life Than This): Mensajes sanadores e historias asombrosas desde el otro lado by Theresa Caputo

Más allá de la vida (There's More to Life Than This): Mensajes sanadores e historias asombrosas desde el otro lado

byTheresa Caputo

Paperback | December 8, 2015 | Spanish

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Para los seguidores del programa de TLC Long Island Medium y para cualquier persona interesada en preguntas sobre la existencia, la muerte y en entender lo que es realmente importante en la vida, la autora bestseller del New York Times y médium Theresa Caputo nos comparte cómo descubrió su don y sus múltiples encuentros con Espíritus.

La respetada y querida médium Theresa Caputo, nos abre la puerta a su mundo y nos invita a vivir junto a ella su don de comunicarse con aquellos que han partido al Más allá. La siempre divertida y franca médium comenzó a comunicarse con los Espíritus a la edad de cuatro años, pero no pudo vivir en paz con este hecho hasta los treinta y tres años, cuando se dio cuenta de que hacerlo le hacía sentirse mejor consigo misma. Desde entonces ella ha usado su extraordinario don para ayudar a los demás a sanar las heridas tras la pérdida de un ser amado.

En Lo que hay más allá de la vida, Theresa nos deja entender cómo funciona su labor como médium, lo que sucede con el alma cuando muere, lo que los Espíritus describen como el Cielo, lo que los difuntos quieren que sepamos, la importancia de tener una vida positiva y los múltiples papeles que la familia, amigos, ángeles, guías, y que Dios tienen aquí y en el más allá. También explora cómo reconocer las señales que nos envían nuestros seres queridos ya fallecidos cuando tratan de comunicarse. El objetivo de este libro es hacernos ver que hay mucho más de lo que habitualmente consideramos como el mundo real; que confiemos en nuestras percepciones, y que sepamos que nuestros seres queridos ya fallecidos descansan en paz y están con nosotros de un modo diferente, observándonos, queriéndonos y protegiéndonos.

A través de su historia personal y, anécdotas de sus clientes Theresa nos ayuda a comprender lo incomprensible de la muerte y a apreciar las importantes lecciones y mensajes que debemos acoger cada día.

«Quiero que sepas que tus seres queridos están contigo, y que desean comunicarse y que la vida sigue en forma de espíritu tras la muerte física.»
Theresa Caputo nació y creció en Long Island, en Hicksville, Nueva York, y vive con su esposo y dos hijos. Theresa Caputo ha sido médium durante más de diez años y es la protagonista del reality show La Médium (The Long Island Medium). Sus libros Lo que hay más allá de la vida (There’s More...
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Title:Más allá de la vida (There's More to Life Than This): Mensajes sanadores e historias asombrosas des...Format:PaperbackDimensions:240 pages, 9 X 6 X 0.6 inPublished:December 8, 2015Publisher:Atria BooksLanguage:Spanish

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Más allá de la vida 1 EL ESPÍRITU Y YO: UNA UNIÓN HECHA EN EL CIELO No nací en la parte de atrás de un carromato gitano y no crecí leyendo el futuro en Bayou. Los únicos cristales que llevo son los Swarovski que cubren mis zapatos Louboutin. Puede que no sea la imagen que tienes en mente de una médium, pero a los muertos no les importa. Me han estado alentando a que transmita sus mensajes desde que era una niña y eso es lo que me siento comprometida a hacer y por lo que me siento afortunada. Crecí en Long Island en una ciudad llamada Hicksville, con mamá, papá y mi hermano menor, Michael. Mi madre era contadora y mi padre era supervisor de obras públicas del condado de Nassau. Estábamos muy unidos y seguimos estándolo. De hecho, la mayor parte de mi vida crecí en la casa de al lado de la que vivo ahora. Tenemos una puerta en la parte de atrás que conecta los dos patios y a papá le encanta usarla para entretenerse en ambos huertos de tomates. Cuando la gente viene a una consulta, se sientan en la mesa del comedor que da justo al patio trasero. Siempre les digo: “Si ven a alguien ahí fuera, no es un muerto deambulando, ¡es mi padre!” Tuve una infancia llena de amor y felicidad, me crié en la más absoluta normalidad. Estaba en un equipo de fútbol benéfico y en la liga de bolos. Me gustaba peinar a mis muñecas; siempre pensé que sería peluquera. Tenía buenos amigos, sacaba buenas notas y pasaba gran parte de mi tiempo libre con mi familia. Siempre estaba con mis primos, abuelos, tías y tíos. Los jueves comíamos espaguetis con albóndigas en casa de Nanny y Pop; los sábados, pintaba cerámica con la tía G; y los domingos toda nuestra gran familia iba a casa de Gram y el abuelo al salir de la iglesia para pasar la tarde comiendo, riendo y contando anécdotas. Era como la versión de Long Island de una comedia en televisión con la diferencia que nos mantenía literalmente a todos despiertos hasta tarde. Solía tener las pesadillas más terribles, lo que no tenía sentido si pensamos que mis días eran tan tranquilos. Estos son mis primeros recuerdos de ver, sentir y escuchar al Espíritu, aunque no sabía que eso era lo que estaba ocurriendo. Mi primera experiencia real la tuve cuando tenía sólo cuatro años. En aquel tiempo vivíamos en la casa de la infancia de mi padre que está justo al lado del museo Hicksville Gregory, un antiguo juzgado de 1915 que también tenía celdas para los prisioneros en su interior. Algunas personas creen que edificios antiguos como las prisiones, con su historia de dolor y sufrimiento, pueden atrapar al Espíritu. ¡Menudo sitio para precisamente yo vivir cerca! Además, tenía un sueño recurrente en el que, desde una ventana de la segunda planta de nuestra casa, veía a un hombre pasear por la acera de enfrente. Cantaba mi nombre, Theresa Brigandi, Theresa Brigandi, Theresa Brigandi..., una y otra y otra vez. ¿Te puedes imaginar lo terrorífico que resultaba eso para una pobre niña de cuatro años? Nunca llegué a verle la cara al hombre pero siempre andaba encorvado con un bastón que llevaba una cinta hecha un hatillo en la punta. Iba vestido con harapos y parecía un vagabundo. El Espíritu más adelante me dijo que ese sueño en realidad era una aparición y ahora estoy convencida de que aquel “hombre” era uno de mis guías espirituales en aquel momento de mi vida. Eso no significa que el espíritu guía sea literalmente un vagabundo. Es algo más parecido a esas historias de la Biblia en las que la gente invita a su casa a un pobre y luego descubren que era un ángel. Ahora creo que un vagabundo es la modesta forma que mi guía tomó para que entendiera la referencia a la escuela dominical y me sintiera bien cuando me llamaba. Me educaron en la fe católica que aún practico, por lo que estoy segura de que mi guía se presentó a sí mismo a través de mi marco de referencia, un poco como cuando el Espíritu me muestra signos y símbolos durante una sesión ahora. Lo hace de forma que tenga sentido para mí, para que me sea fácil interpretar el mensaje. Cuando tenía cuatro años, un indigente equivalía a un hombre amable y piadoso, al menos cuando estaba despierta. Por la noche, ver, escuchar y sentir a alguien me hacía gritar como si me estuvieran atacando con violencia. Igualmente, no creo que estuviera experimentando una versión negativa del Espíritu, y no estaba soñando que el Espíritu me zarandeaba ni nada; los sueños como tales no eran “malos”. Estaba aterrorizada porque sentía la energía del Espíritu a la vez que veía y oía cómo me hablaba de esta forma tan real y personal. Mis gritos inconsolables inquietaban más a mi familia que lo que los causaba y mi vida social acabó siendo limitada. No podía dormir en las casas de mis amigas o dormir en casa de mi abuela sin preguntarme qué era lo próximo que iba a sentir. No me sentía a salvo más que en casa y ni siquiera podía estar segura de eso. Además del vagabundo, también vi a mi bisabuela por parte de madre. Murió cuatro años antes de que yo naciera y no supe quién era hasta mucho después cuando vi una foto suya. Pero nunca me olvidaré de ella de pie al lado de mi cama. Era bajita con el pelo oscuro y con un vestido sencillo. También gritaba como una loca cuando la veía. Pobre mujer, no era un monstruo de tres cabezas, pero ¡reaccionaba como si lo fuera! Por la mañana olvidaba casi todos esos terrores nocturnos y cuánto habían durado. Me han contado que se me pasaban cuando mi madre o mi padre encendían la luz y entraban corriendo en mi cuarto. ¿Hacía eso que el Espíritu se marchara? No lo sé. Pero al cabo de un tiempo, mi madre inventó una oración para ayudarme a mantener alejado al Espíritu. Decía: “Querido Dios, por favor protégeme durante la noche. Bendice...” y nombraba entonces a todas las personas que había en nuestras vidas y aquellos que estaban en el Cielo. Y aunque parezca mentira, cada vez que rezaba la oración antes de acostarme, dormía profundamente y también lo hacían mis padres. Seguí haciéndolo cuando llegó el momento de mudarnos a la casa nueva, en la que ahora viven mis padres, aunque siempre dejaba la luz del pasillo encendida. El Espíritu no me daba tregua ni cuando viajaba con mi familia. Solíamos ir de vacaciones juntos, incluyendo una acampada anual con mis abuelos durante todo el verano. Casi todos allí eran afortunados si tenían una tienda de campaña con una lámpara Bunsen; nosotros teníamos un fantástico tráiler con ducha, cocina y un porche cubierto por los cuatro costados para que los insectos no llegaran a la comida. De todo. Mi abuela me hacía huevos revueltos y tostadas con mantequilla por las mañanas y, por las tardes, hacíamos carreras de bicicletas y nos íbamos al lago a columpiarnos en una rueda colgada de un árbol. Por la noche jugábamos en las máquinas de pinball en los salones recreativos, asábamos marshmallows y cantábamos canciones de campamento. ¡Era como una Girl Scout! Pero no importa lo bien que lo pasáramos de día, o lo relajada que estuviera, mis terrores nocturnos atacaban igual que cuando estaba en casa. ¡Sólo que en esta ocasión todo el campamento me oía! Mis abuelos incluso dieron aviso previo a nuestros vecinos de campamento: Si oyen gritar a alguien como si lo estuvieran matando, no es un oso o un loco que anda suelto. Es sólo Theresa que tiene terrores nocturnos. Una vez, mis abuelos querían que durmiera con ellos en una tienda de campaña y yo me moría de miedo de pensarlo. Me sentía más segura en el tráiler, sobre todo porque veía sombras a través de las cortinas. Me resistí tanto a quedarme fuera que pataleé y grité, y le partí el labio a mi padre. ¡Se enfadó tanto! Estuvo a punto de darle un puñetazo al farol y prenderle fuego a la tienda. A pesar de que manejaba mucho mejor las apariciones del Espíritu durante el día, no dejaban de sorprenderme. De hecho, recuerdo claramente ver personas en formato tridimensional pasearse por delante del televisor. Me sentaba en nuestro sofá verde de tweed, viendo un programa infantil, y veía pasar a alguien que luego desaparecía. Una vez, esto ocurrió cuando nos cuidaba una niñera y le pregunté si había visto lo mismo que yo. Me dijo que no y me miró raro, así que lo dejé pasar. Llegué a preguntarme si veía cosas raras o tenía una imaginación desmesurada, pero no me obsesioné demasiado. Es como cuando ves una sombra con el rabillo del ojo o miras demasiado rato y después ves una silueta amarilla flotando por la habitación. Presumes que estás viendo cosas raras sin darle la menor importancia. También recuerdo que, de pequeña, un año en Pascua me regalaron un juego de cocina y, cuando terminé de jugar a las casitas, ordené las cosas de cierta forma y, al volver a buscarlas a la mañana siguiente, estaban en un sitio totalmente distinto. Seguro que el Espíritu también fue el culpable de eso. En serio, ¡sé que mi hermano Michael no las tocó! ¿Quién es quién para decir que algo es normal? A medida que crecía empezaba a sentirme ansiosa y rara dentro de mi propio cuerpo. No conseguía averiguar cuál era la causa. Le decía a mi madre: No me siento bien. No siento que soy parte de algo. Me siento distinta. Me sentía como si estuviera pasando algo que necesitara explicación. Uno de los lugares donde me sentía a salvo y segura de verdad era la iglesia. Incluso tocaba la guitarra en un grupo folclórico allí. La casa de Dios era la otra casa, aparte de la mía, donde me sentía en paz y a gusto en mi propia piel. A menudo digo que, si no fuera médium, podría haber sido esquizofrénica o monja. En serio, a veces me parecen las dos opciones más realistas. ¿Te imaginas? Mis padres me mimaron y me dieron muchísimo amor pero eso no quitaba el hecho de que yo sintiera que había algo en mí que no era normal. A veces le preguntaba a Dios por qué ocurría todo aquello, por qué sentía miedo todo el tiempo. Pero nunca me enfadé con Él o perdí la fe. No era así como me habían educado. No me gusta usar la palabra “religiosa” pero sí vengo de una familia con una fe muy firme. Me enseñaron a rezar una oración por la noche y antes de cada comida. Mis padres tenían también una mente abierta sobre la espiritualidad. Es cómico, porque no todos los católicos son así. Pero para nosotros, fe, espiritualidad..., todo viene de Dios. Cuando no estaba en la iglesia, mi ansiedad llegaba a empeorar tanto que no quería salir de casa. No sabía cuándo iba a sentir o percibir algo en cualquier momento del día. Me di cuenta de que cada lugar transmitía una sensación diferente y a veces me sentía como observada. Cuando le dije esto a mamá me sentó y me dijo: “Tu lugar seguro eres tú misma”. Podía ir a cualquier parte porque yo era mi propio fundamento. Durante mucho tiempo, esta actitud funcionó. Aun así, estaba claro que veía y sentía cosas que los demás no veían ni sentían. Cuando iba al mall o a la bolera con mis amigos, les preguntaba si habían visto pasar a un hombre o si habían oído a alguien llamarlos, porque yo secretamente lo había visto. Y respondían: “Pues... no, ¿a qué te refieres?”. O a veces recibía un mensaje y presumía que se trataba de mis propios pensamientos sin darme cuenta de que tenía significado, o que incluso había pensado en algo, hasta que se confirmaba después. Por ejemplo, si iba camino de la feria tal vez escuchaba una voz que me decía: “No comas algodón de azúcar”. Yo lo ignoraba y luego me enteraba por una amiga de que el algodón de azúcar le había sentado mal. Pero, aun entonces, sólo pensaba que tal vez tenía mejor intuición acerca de la gente y las situaciones que algunos amigos o desconocidos. Creí en fin que yo era mi lugar seguro. De modo que ver, escuchar y sentir algo alrededor de mí todo el tiempo se convirtió en normal. Los médicos siempre han dicho que nuestros cuerpos están hechos para adaptarse; si una sensación o experiencia dura lo suficiente, el cerebro aprende a ignorarla, evitarla o simplemente tratarla con normalidad. Ahora sé que ver y sentir al Espíritu no es lo más común en las personas, pero para mí era rutinario y no tenía a mucha gente que me dijera lo contrario. De niña, mi familia y amigos se reían cuando a veces decía cosas raras pero nunca fueron más allá. (¡Mamá hace poco bromeaba de que mis habilidades le daban un significado totalmente nuevo y distinto a mis referencias de que había un monstruo, un amigo imaginario o un fantasma en la habitación!) Y aunque muchas veces mis amigos no estaban de acuerdo con lo que yo oía o veía, sí tuve familiares que tenían experiencias parecidas porque también eran sensibles. De hecho, mi primo Johnny Boy solía burlarse de mí y de mi prima Lisa llamándonos raritas, y nos llamaba Para y Noica cuando le decíamos que habíamos visto o sentido cosas. También solíamos ir de compras por separado, ¡y volvíamos a casa con la misma ropa! Pero en aquellos tiempos todo lo que Lisa y yo sabíamos era que teníamos experiencias comunes e inusuales provocadas por los encuentros con lo que hoy sabemos que es el Espíritu, una parte de nuestras vidas. Y en lo que se refiere al pedante de mi primo Johnny, viviendo en casa de mi abuela diez años más tarde, la vio de pie en el pasillo cuando salía de darse una ducha. ¿Quién se ríe ahora? Cuando mis amigos se convirtieron en adolescentes vociferantes, las cosas empezaron a cambiar. Entre los doce y los catorce años empecé a sentirme menos cómoda con lo que sucedía a mi alrededor, sobre todo por la reacción de la gente a mis observaciones. Mi familia seguía mostrándose indiferente a lo que yo decía, pero cuando a veces le preguntaba a un amigo si había visto o sentido algo, respondía: “No, qué raro, no hay nadie ahí. ¡Nadie oye o ve las cosas como tú!”. Lo que una vez pareció normal ahora ya no lo era, por lo que decidí bloquear todo lo que experimentaba. No decía una oración especial para que el Espíritu cesara ni nada, sólo ignoraba sus intentos de comunicarse conmigo. Piensa que esto fue antes de que en cada canal de televisión hubiera un programa de fantasmas y John Edward fuera un nombre conocido. La gente no hablaba de estas cosas. Nadie, incluso yo, podía haber imaginado lo que de verdad estaba pasando. Nunca fue parte de una conversación agradable y normal. A los dieciséis años, tenía la suerte de no haber perdido a muchos seres queridos, pero eso también significa que no se me aparecía ningún Espíritu conocido. Cuando Nanny, la madre de mi padre, murió, me quedé destrozada. Éramos muy unidas y todo el mundo la echaba mucho de menos. Después de su muerte, la hermana mayor de mi padre hizo que una vidente viniera a casa de Nanny. En aquel momento no entendí por qué, pero ahora creo que era para ponerse en contacto con ella. Yo no quería ir y me daba un poco de miedo, más que nada porque no sabía lo que era una vidente ni lo que hacía. Pero sabía que me sentía a salvo en casa de Nanny, así que finalmente fui. Y por primera vez en mucho tiempo no ignoré al Espíritu. Sentí la energía y el alma de Nanny cerca de la ventana y mi familia no cesaba de preguntarme por qué yo me había quedado al lado de la cortina cuando todo el mundo estaba en la mesa. También me preguntaban con quién hablaba aunque no recuerdo lo que yo decía. (Es similar a cuando, después de canalizar para otros, no recuerdo lo que el Espíritu me dijo.) Después de un minuto así, mi familia tuvo que interrumpirme en su forma habitual de burla. No se lo tomaron muy a pecho ni se asustaban. —Theresa, ¿con quién hablas? —Hablo con Nanny. —Sí, claro. Nanny está muerta. —Yo sé que está muerta, pero estoy hablando con ella. Es posible que mi tía y mis primos estuvieran confundidos, pero no le dieron importancia. Yo era famosa por soltar cosas sin sentido, pero ¿era eso más raro que invitar a una vidente a tomar café? Estaban abiertos a conversaciones espirituales que yo aún no había siquiera considerado. Cuando recuerdo esto ahora puedo oler físicamente la casa de Nanny y ver todo lo que había dentro, los muebles cubiertos con plásticos, mesas con superficie de mármol, el brillante candelabro del comedor, un cuadro de La última cena y aquellas cortinas doradas. Todo muy llamativo e italiano. Y, a medida que cuento esta historia, tengo una visión, como una película que pasa rápida ante mis ojos, de Nanny de pie delante de los fogones, fumando su cigarrillo hasta convertirlo en una larga tira de ceniza colgando sobre una olla de espagueti hirviendo. Dejaba que el cigarrillo se consumiera hasta que sólo quedaba el filtro y a pesar de eso la ceniza jamás cayó en la salsa. Le encantaban sus joyas y, en mis recuerdos, lleva puestos todos aquellos diamantes. Como yo. Después de mi pequeño encuentro con Nanny, volví a ignorar al Espíritu completamente. Mi tío Julie murió en mi último año de secundaria y, en aquellos tiempos, mi ansiedad empezó a ser peor que nunca. Desarrollé fobias aleatorias, muchas de las cuales tenían que ver con el hecho de sentirme claustrofóbica. Los terrores nocturnos habían pasado hacía tiempo pero mis hábitos de sueño seguían siendo inestables. En lugar de despertarme gritando, saltaba de la cama sintiendo que me ahogaba, que no podía respirar. Entonces llegó Larry Mis dieciocho años fueron un desastre total. ¡Fue cuando conocí a mi marido, Larry! Cuando mi tía llevó a la vidente aquella primera vez que vi el espíritu de Nanny, la mujer me dijo que iba a conocer a alguien mucho mayor que yo con barba y bigote. En aquel entonces, pensé que la vidente estaba chiflada, pues yo estaba saliendo con alguien ya y ni siquiera me gustaba el vello facial. Dos años más tarde, sin embargo, conocí a Larry y por supuesto tenía barba, bigote, y era once años mayor que yo. Fue amor a primera vista. Larry tenía un pelo increíble, pegado a las sienes, con volumen en la parte de arriba y largo por detrás. También era muy elegante vistiendo y tenía un buen cuerpo. Parecía un motociclista pulcro y aseado. Él dice que yo era una graciosa chispa que hacía bromas e iluminaba cualquier habitación. Larry trabajaba en el negocio de su familia, una compañía petrolera, y yo trabajaba a tiempo parcial en el servicio de atención al cliente. Nunca fui a la universidad porque me daba demasiado miedo dejar a mi familia y abandonar mi zona de confort. Soñaba con ser peluquera o secretaria de un bufete, pero eso significaba desplazarme hasta Manhattan para encontrar buenos trabajos, lo que era demasiado apabullante para mí: trenes, ascensores, rascacielos, atascos... Ése no era mi mundo. Larry me cuenta que iba al trabajo con la anticipación de ver lo que me había puesto, porque era mi época Madonna. Solía llevar pantalones ajustados, grandes cinturones, camisetas de rejilla que dejaban al descubierto un hombro y guantes sin dedos. Pero que el amor me tuviera distraída no quiere decir que mi ansiedad desapareciera. Hice todo lo que pude por reprimirla pero aquello sólo empeoró las cosas. No quería que Larry creyera que estaba loca y yo seguía preguntándome de vez en cuando si lo estaba. A veces veía siluetas u oía cosas, pero en aquel momento estaba en un punto de negación tal que estaba convencida de que todo estaba en mi imaginación. Decidí ir a ver a un terapeuta que, sesión tras sesión, no dejaba de repetirme que no tenía nada malo. Y yo le decía: “Ben, sí me pasa algo malo. No me siento bien”. Me preguntó sobre mi infancia y le expliqué que había sido idílica. ¿Mi familia y amigos ahora? Bien. ¿Tu novio? Divertido y excitante. ¿El trabajo? ¡Bien! La única causa que pudo encontrar para mi angustia crónica fue que venía de una familia ansiosa y puede que eso fuera algo genético. Pero no pudo darme una buena razón médica o psicológica de por qué me sentía tan terriblemente mal como me sentía. No pude ocultarle mis ataques de ansiedad y mi larga lista de fobias a Larry durante mucho tiempo, sobre todo cuando estábamos en el automóvil o en otros espacios cerrados. Parece que cuando peor estaba era cuando mi mente estaba relajada. Si estábamos en un atasco en la autopista de Long Island, empezaba a fruncir el ceño porque sabía que estaba a punto de perder los estribos. Luego gritaba con todas mis fuerzas y, aunque el automóvil estuviera en marcha, le rogaba y le suplicaba que se desviara para poder salir de allí enseguida. Me ocurrió incluso en salidas con otra pareja dentro del automóvil. Mi ansiedad no tenía vergüenza. Los ataques de pánico acababan ocurriendo y me ayudaba mucho que Larry siempre se mantuviera sereno. Igual que yo, él no tenía idea de lo que me causaba tanto estrés, pero me alegro de que no se asustara y saliera huyendo. Larry y yo nos casamos cuando yo tenía veintidós años. Enseguida lo sobresalté en mitad de la noche. Me despertaba llamándolo a gritos y pidiendo ayuda llorando. Luego se me pasaba, volvía a la cama y por la mañana no recordaba nada. También hablaba en sueños. Nunca dejé que Larry nos tapara la cabeza con la sábana, ni siquiera en broma. Una vez nos tapó con una manta mientras veíamos televisión y empecé a gritar. Nunca más volvió a hacerlo. Pero, bueno, Larry sabía que la ansiedad era parte del paquete y me quería tal como era. En salud y enfermedad Mi marido dice que a pesar de que lo obligué a que subiéramos por las escaleras en lugar de en el ascensor cuando estaba de parto de nuestro hijo, Larry Jr., estaba inusualmente tranquila y controlada durante el parto. Luego, mi ansiedad subía y bajaba, pero normalmente me sentía mejor ahora que tenía la nueva responsabilidad de cuidar a un hijo. Incluso podía viajar bien. Desde que estaba en tercer año de secundaria, siempre tenía un cigarrillo entre mis dedos de uñas pintadas. Nunca bebí ni consumí drogas pero fumar era mi vicio. Lo dejé cuando me enteré de que estaba embarazada de mi hijo pero, dos o tres años más tarde, volví a fumar cuando los niveles (ya familiares) de e