Un Mundo Sin Fin

Paperback | July 13, 2010 | Spanish

byKen Follett

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La esperadísima novela de Ken Follett, autor con más de 90 millones de lectores
 
Dos siglos después de la construcción de la magnífica catedral gótica en Los pilares de la Tierra, Follett nos devuelve a la ciudad de Kingsbridge. En una época rota por guerras y epidemias, Follett sigue las vidas de cuatro personajes: Gwenda, hija de un ladrón, luchará por el hombre al que ama; Caris estudia para convertirse en doctora, aunque esto esté prohibido a las mujeres; Merthin, un aprendiz de carpintero, se convierte en el más extraordinario arquitecto de Kingsbridge; y Ralph, violento y vengativo, llega al poder por sus hazañas en las guerras contra Francia.
 
En un mundo donde aquellos que defienden la tradición se enfrentan a las mentes más progresivas, Follett teje una historia de amor y odio, de ambición y venganza, donde el suspense y la tensión se desarrollan en medio del desolador ambiente de la peste negra.

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La esperadísima novela de Ken Follett, autor con más de 90 millones de lectores Dos siglos después de la construcción de la magnífica catedral gótica en Los pilares de la Tierra, Follett nos devuelve a la ciudad de Kingsbridge. En una época rota por guerras y epidemias, Follett sigue las vidas de cuatro personajes: Gwenda, hija de un l...

Ken Follett nació en Cardiff (Gales) y cuando tenía diez años su familia se mudó a Londres. Se licenció en filosofía en la Universidad de Londres y posteriormente se dedicó al periodismo. Durante sus años de reportero empezó a escribir obras de ficción. Sin embargo hasta 1978 no se convirtió en escritor de éxito, con la publicación de ...

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Format:PaperbackDimensions:1184 pages, 7.98 × 5.13 × 1.95 inPublished:July 13, 2010Publisher:Knopf Doubleday Publishing GroupLanguage:Spanish

The following ISBNs are associated with this title:

ISBN - 10:0307454746

ISBN - 13:9780307454744

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1     Gwenda sólo tenía ocho años, pero no le temía a la oscuridad. Todo estaba como boca de lobo cuando abrió los ojos, aunque no era eso lo que la inquietaba. Sabía dónde estaba, en el priorato de Kingsbridge, en el alargado edificio de piedra al que llamaban hospital, tumbada sobre la paja que había esparcida en el suelo. Por el cálido olor lechoso que llegaba hasta ella, imaginó que su madre, que descansaba a su lado, estaría amamantando al recién nacido, al que todavía no le habían puesto nombre. A continuación yacía su padre y, al lado de éste, el hermano mayor de Gwenda, Philemon, de doce años.     El hospital estaba abarrotado y aunque no llegaba a distinguir conclaridad a las otras familias que ocupaban el suelo del recinto, hacinadas como ovejas en un redil, percibía el rancio hedor que desprendían sus cálidos cuerpos. Faltaba poco para que despuntaran las primeras luces del día de Todos los Santos, fiesta de guardar que ese año además caía en domingo, por lo que sería día de especial precepto. Por consiguiente, la víspera había sido noche de difuntos, azarosa ocasión en que los espíritus malignos vagaban libremente por doquier. Cientos de personas habían acudido a Kingsbridge desde las poblaciones vecinas, igual que la familia de Gwenda, a pasar la noche en el interior de los recintos sagrados del priorato para asistir a la misa de Todos los Santos con las primeras luces del alba.     A Gwenda le inquietaban los espíritus malignos, como a cualquier persona en su sano juicio, pero le preocupaba aún más lo que tendría que hacer durante el oficio.     Con la mirada perdida entre las sombras, intentó apartar de su mente el motivo de su angustia. Sabía que en la pared de enfrente se abría una ventana arqueada, y a pesar de que ésta carecía de cristal, pues sólo los edificios más importantes estaban acristalados, una cortinilla de hilo los protegía del frío aire otoñal. Sin embargo, ni siquiera alcanzaba a distinguir la débil silueta grisácea de la ventana. Se alegró; no quería que amaneciera.Puede que no viera nada, pero sí llegaban hasta sus oídos multitud de sonidos distintos, como el de la paja que cubría el suelo y que susurraba constantemente cuando la gente se removía y cambiaba de postura durante el sueño. El murmullo de unas palabras cariñosas no tardó en acallar el llanto de un niño que parecía haber despertado de una pesadilla. De vez en cuando se oía a alguien farfullar, hablando en sueños. En algún lugar una pareja hacía eso que hacían los padres pero de lo que nunca hablaban, eso que Gwenda llamaba «gruñir» porque no sabía con qué otra palabra describirlo.     Vio una luz antes de lo esperado. En la puerta del extremo oriental de la alargada estancia, detrás del altar, apareció un monje con una vela en la mano. La dejó sobre el ara, encendió una pajuela con la llama y recorrió la estancia para acercarla a las lámparas de las paredes, donde su sombra se alzaba hasta el techo, como un reflejo; la pajuela se unía a su propia sombra en la mecha de la lámpara.     La luz fue avivándose deprisa e iluminó hileras enteras de figuras ovilladas desperdigadas por el suelo, envueltas en sus anodinas capas o acurrucadas junto a sus vecinos en busca de calor. Los enfermos ocupaban los camastros dispuestos cerca del altar, donde podrían beneficiarse mejor de la santidad del recinto. Una escalera en el extremo opuesto conducía al piso superior, donde se encontraban las habitaciones para las visitas de la nobleza, estancias ocupadas en ese momento por el conde de Shiring y otros miembros de su familia.     El monje se inclinó sobre Gwenda para encender la lámpara que quedaba justo encima de su cabeza. El hombre se fijó en ella y le sonrió. La niña observó su rostro bajo la vacilante luz de la llama y vio que se trataba del hermano Godwyn, un joven apuesto que la noche anterior había tratado a Philemon con mucha amabilidad.      Junto a Gwenda había otra familia de su aldea: Samuel, un próspero campesino con grandes extensiones de tierra, su esposa y sus dos hijos, el menor de los cuales, Wulfric, era un arrapiezo de seis años convencido de que lanzar bellotas a las niñas y salir corriendo era lo más divertido del mundo.     La prosperidad no sonreía a la familia de Gwenda. Su padre no tenía tierras, por lo que se ofrecía de jornalero a quien pagara por sus servicios. En verano nunca faltaba trabajo, pero tras la recogida de la cosecha y la llegada del frío, la familia solía pasar hambre.

Editorial Reviews

“Un mundo sin fin es una lectura de vértigo; no hay situación sin invertir ni conflicto resuelto sin sorpresa. La época medieval de Follett —bestial, intrigante, venal— es sumamente vibrante”. —Los Angeles Times“Un bien investigado y hermosamente detallado retrato de la Edad Media… Follett consigue también una trama impresionantemente vívida”.  —Washington Post “Follett es maestro en la anécdota, la aventura, la intriga”. —El País